Que me perdone...


Un día más, una mañana más, fuera sopla el viento que desesperado por ser escuchado lanza furiosos lamentos que golpean contra mi ventana, escucho inmóvil cómo me habla, cómo me susurra entre un silencioso estruendo, es un amanecer más en el que puedo deleitarme bajo el calor de las sábanas haciéndome sentir esa sensación de placer que pocas veces puedo paladear, sé que de un momento a otro el sonido del despertador dará fin a mi apacibilidad, pero aún me quedan unos minutos para que mi motor se active, ¡es curioso! a pesar de que no me gusta demasiado permanecer en la cama una vez despierta, hoy me apetece hacerlo, quizás porque esté cómoda yaciendo sobre el pecho de Morfeo que parece no querer dejar que me separe de él. La casa permanece en silencio. Entre ese duermevela en el que me encuentro inmersa escucho el rumor de las palabras que viajan  perdidas entre la  frecuencia de la radio que reposa sobre la mesilla de mi dormitorio, no sé la emisora que está sintonizada, suelo dejarla conectada porque me es preciso escuchar ruido cuando estoy sola o despierta, me basta con ese rumor de fondo para que toda la estancia bulla y el eco haga que mi mente se distraiga, apenas le presto atención, sólo voy a la deriva entre la fantasía de los sueños dejándome oscilar por ellos, pero de pronto algo llama mi atención. Entre esa maraña de voces enlazadas a mis pensamientos algo llega hasta mí que me hace estremecer. ¡No recordaba porqué había dejado de usar la radio como despertador, a pesar de que me gustara escuchar esos eternos debates a altas horas de la madrugada cuando no podía conciliar el sueño, y había optado por un pequeño reloj plateado, regalo del lugar donde trabajo!... acabo de darme cuenta... era extraño no despertarme cada mañana con una de esas noticias que tanto me afectan, ahora lo recuerdo...

Instintivamente doy un giro y subo el volumen de mi receptor, ¿Están diciendo que  cuatro mujeres han sido asesinadas a manos del llamado terrorismo doméstico en el mismo día? ¿ha dicho cuatro?, qué número tan aterrador... ¡Dios mío!... siento cómo se silencia un grito en mi garganta, cómo fluye a través de mis venas esa rabia enrejada, cómo se enmudece mi voz para solapar ese insulto sordo que está a punto de salir de mis cuerdas vocales y que sujeto con fuerza para que no lo haga, mi cara se impregna de una humedad amarga que siento deslizarse por mis mejillas mojando la almohada, ella que sólo unos instantes antes conservaba la temperatura cálida de mi rostro se torna fría, cuatro números más, cuatro mujeres menos, cuatro vidas cercenadas, siento una ira infinita, pienso en mi Rincón... en la suerte que tengo de estar viva... en las veces que he solapado ese tema en mis escritos dándoles en muchas ocasiones un leve toque agridulce para que todos me pudieseis ver semejante a una de esas heroínas casi indestructibles, pero ésto me supera, me siento tan sensibilizada con este tema que pienso en ellas antes de… y siento la conexión… el terror… pude haber sido yo…

¿Es que no se puede hacer nada más para detener este tipo de brutalidad?
¡Violencia de género! Así lo llaman,  ¿de qué género estamos hablando?
¿Es tan difícil entender que nadie tiene poder sobre la vida de otra persona y asumir que la diferencia de sexo no magnifica al individuo?
¿Cuántas mujeres han de seguir engrosando esa terrorífica lista donde las cifras suscritas son vidas arrancadas sin defensa alguna? ¿Qué pasa por la cabeza de un hombre para creerse con el derecho a segar la vida de la que ha sido en la mayoría de ocasiones su compañera? ¿No son capaces de entender que el amor es libertad, y que no se puede obligar a amar? Machismo maldito...

Seguro que en más de una conversación esta mañana se ha sacado el tema en torno a una taza de café precedido de la tópica frase ¡Pobrecita... no hay derecho! y dar paso seguidamente a uno de esos temas de cotilleo que tanto morbo dan.
Me atrevería a asegurar que en la inmensa mayoría de esas reuniones, los tertulianos han sido mujeres. No quiero generalizar y rompo una lanza en favor de todos aquellos hombres que también se sienten agredidos por ese tipo de machos que sintiéndose superiores se creen con el derecho inamovible de dominar y someter a una mujer al precio que sea y en cada vez más ocasiones demasiado caro... (su vida)

Esos machos tan masculinos que frente al mundo sólo brindan una de las muchas caras que poseen pero que tan bien conocen los que le acompañan día a día en su feudo, porque eso es en lo que llega a convertirse su pareja y muchas veces sus hijos... (su posesión, su propiedad...), auténticos hidalgos y paladines en pos de cualquier dama, (de todas menos de la que vive a su lado, ella no tiene derecho a nada sin una orden previa de su mandatario) siempre dando la talla de caballerosidad  atreviéndose incluso a criticar y condenar actos como éste frente a sus amigos, y que sin embargo dentro de su reino y frente a su víctima lo justifica e incluso se jacta alabando ese proceder, reivindicando que es la única manera de repartir justicia (ya que ellos están desprotegidos), a esos que ven crecer su ego rebajando la autoestima de esa otra persona a la que saben superior negándose a aceptar  sus inseguridades y carencias (cobardes)

No quiero enfocar este escrito hacia  situaciones por mí vividas, aunque me toque de lleno, no quiero hacerlo porque llegaría a sentirme culpable, ¡culpable  por estar viva! Si no fuera así, quizás muchas mujeres, incluida yo, no hubiéramos sido cuestionadas por todos aquellos a los que esos grandes manipuladores convencieron, siendo capaces de dar la vuelta a todo con una precisión asombrosa, cómo no hacerlo con el resto si son capaces de convencernos a nosotras y hacernos  ver que no hay razón para intentar buscar ese resquicio por el que poder escapar y mirar la vida con nuestros propios ojos. ¡Me siento afortunada, sí! Porque aunque pudo hacerlo no me mató, aunque aún no he conseguido olvidar de qué color se pinta la muerte cuando de la mano de tu “compañero” viene a buscarte, ¡es terrible decir esto, decir que me siento culpable por seguir viva!
¡MALDITA MOTA DE POLVO, SAL DE MIS OJOS, DEJA DE HACERLES DERRAMAR MÁS LÁGRIMAS! ¿ES QUE NO TE CANSAS DE ESTAR DENTRO DE ELLOS?  Es inhumano saber que tu vida no te pertenece, que sólo depende de que te muevas al compás de los hilos que la manejan, que no tienes poder sobre ninguno de tus actos porque sólo son reflejos de los de él.

A ti que me lees quien quiera que seas, hombre o mujer, a ti que no te arrebataron el derecho a tu  libertad, a ti que te miras al espejo cada mañana sin miedo a ese maquillaje que tanto te gusta ponerte, a ti que sabes que la oscuridad de la noche sólo dura unas horas, a ti que abrazas a tu compañero y confías en él porque el respeto es uno de vuestros pilares, a ti que no has oído gritar desesperadamente al silencio, a ti que no has sentido la hiel en los labios por sentir desprecio de ti misma, a ti que no has sido vejada hasta el extremo de sentirte nadie, a ti que no has suplicado ser alguien, a ti que no has tenido que maquillar los restos de una paliza, a ti que no has anegado tus ojos sin descanso ante la impunidad, a ti que no has conocido el dolor de la piel ante una caricia, a ti que no has sentido que el vacío más absoluto llena tus pulmones hasta asfixiarte, a ti que no has visto que el horizonte acaba en el marco de tu ventana, a ti que no has tenido que suplicar ser escuchada, a ti que nunca te has estremecido con el suave murmullo de una llave en tu cerradura, a ti que no te has preguntado en la penumbra de tu habitación qué pasará mañana, a ti que no te has tragado el asco cada noche entre tus sábanas, a ti que puedes vestir como te apetezca sin ser insultada y rebajada al nivel del asfalto, a ti que cierras los ojos cada anochecer y eres capaz de soñar sin despertarte gritando envuelta en pesadillas que no desaparecen ni con la luz del alba, a ti que puedes esbozar una sonrisa allá donde estés y con quien estés sin miedo a ser castigada por ello, a ti que puedes hablar, exponer, o decir aquello que piensas sin que nadie silencie tus palabras, a ti que no has sentido el frío del acero sobre tu garganta, a ti que no has percibido el peso de un cuerpo sobre el tuyo mas que para colmarlo de caricias, a ti que no has notado la presión abrazando  tu cuello y que la única sombra que a reposado sobre él ha sido la del collar que te regaló o que te gustó y te regalaste, a ti que no has tenido que verte obligada a desnudar tu cuerpo y que cuando lo has hecho a sido por deseo propio, a ti que has caminado por la calle sin la sensación de ser vigilada, a ti... a ti... podía haber simplificado este fragmento con muy pocas palabras... ¡A ti que puedes ser tú misma! pero no he querido hacerlo porque quiero que todos aquellos que lleguéis a leerme sintáis cada frase como algo vuestro, que profundicéis en cada una de ellas y podáis sentir por unos momentos cómo sería vuestra vida si una de ellas fueses tú, ponerle vuestro rostro y colaros en la vida de todas esas miles de mujeres que hemos llenado cada día los periódicos o las estadísticas, en la de aquellas que ya no están y en la de las que aún seguimos aquí, imaginad cada una de estas situaciones, durísimo ¿verdad?

No quiero que este escrito pueda parecer sólo una defensa a favor de las mujeres, pero hay que ser ecuánimes y aunque  me solidarice con todos esos hombres que sufren situaciones parecidas las muertas somos mujeres por mayoría abrumadora.

Nunca he deseado mal a nadie pero me gustaría que todos aquellos que se vean identificados con este escrito, porque justifican de algún modo este tipo de asesinato basándose en cualquier excusa, o aquellos que aún sabiendose culpables lo nieguen e intenten convencerse y convencer al resto del mundo con su verborrea de que ellos fueron las víctimas viviendo en muchos casos derrotados por sus remordimientos, o también, ¿por qué no?, a todos los que miran para otro lado porque no va con ellos y sólo utilizan estos casos en determinadas ocasiones para beneficio de..., pudieran sufrir por un tiempo las secuelas que han dejado tras sus actos en todas aquellas de nosotras a las que se les otorgó el privilegio de seguir vivas.

¡Que me perdone quien tenga que hacerlo, por pensar asi!

(Lorea)