MUJER OLVIDADA

El horizonte quemaba aquel atardecer del mes de noviembre, pocas veces el sol se escondía con tanta fuerza en aquella época del año, el mar estaba enfurecido, escupía  su espuma contra la orilla de la playa alcanzando sólo a mojar la arena a la que trataba de arrastrar hacia su inmenso vientre salado con la única intención de llevársela también a ella, rugía con fuerza, sus brazos violentamente intentaban alcanzarla, sus lamentos desesperados provocaban sonidos que imitaban un nombre de mujer, Lena, Lena…Lena… repetía sin cesar, martilleando el espacio, sólo una  pareja que paseaba junto al malecón escuchaba atónita aquellos gritos lastimeros que parecían manar de las profundidades del mismo averno.

Frente a la orilla posada impávida una figura femenina, eso dedujeron la primera vez que atisbaron tiempo atrás la larga cabellera que cubría su espalda adornando la vestimenta blanca que cubría sus formas y que contrastaba afinadamente con el color tostado de la arena fundiéndose armoniosamente con ella.

Sin querer, a los dos les vino a la mente uno de esos lienzos ante los cuales habían quedado prendados en alguno de sus viajes cuando, in situ, habían visto cómo aquellas maravillas iban surgiendo con suaves trazos de las manos expertas de unos cuantos  pintores bohemios apostados frente a los paseos de las ciudades costeras, para goce de los turistas que miraban ensimismados y  para los que aquello era mucho más que un arte, en la mayoría de los casos los artistas conseguían hacer partícipes de sus estados anímicos a todo el que pasaba por allí y contemplaba sus dibujos.

Por eso aquel cuerpo sin rostro, inmóvil, de  mirada extraviada escudriñando el infinito, encajaba perfectamente en uno de esos marcos.

Poco a poco el oleaje iba perdiendo en cada embestida su ira, llegaba suavemente hasta sus pies descalzos, parecía uno de esos amantes perdido por los celos que desisten ante la resistente fragilidad de su amor que lo afrenta sólo con el silencio, pidiéndole perdón entre caricias por su comportamiento, pero a la vez advirtiéndole entre susurros que algún día sería suya, ella parecía no escuchar nada, hacía caso omiso a aquella súplica cada vez más tenue.

¿Has visto, Lucía? Le comentaba Edgar a su esposa mientras la rodeaba por la cintura trayéndola hacia sí con fuerza, y contemplaba aquél cuadro al que ya había puesto nombre ¡MUJER OLVIDADA!

La pareja paseaba sin prisa por el embarcadero un día más, y una vez más repararon en aquella silueta, siempre la misma postura, sentada con la cabeza erguida como si intentara ver más allá de la inmensidad del mar, para ellos era ya casi un ritual observarla cada atardecer y en sus mentes, siempre la misma pregunta les hacía sumirse en sus propios pensamientos intentando buscar una explicación que les permitiese entender por qué aquella mujer permanecía clavada en la arena, sin inmutarse ante nada de lo que pasaba a su alrededor, como si no perteneciese a este mundo ya.

Pobre mujer, qué hará ahí cada puesta de sol … se dijo para sí Lucía  ¿Qué o a quién estará esperando? !Qué infinita parece su soledad!, ¿Estará llorando?

Absortos cada uno por separado no repararon en el alboroto de un grupo de niños que se acercaba por detrás y que a punto estuvo de atropellarlos y hacerlos caer, aunque en el fondo agradecieron aquel inocente acto que les permitió aliviar y abstraer momentáneamente el flujo de sus pensamientos…

¡Mira Tomás, ahí está la loca! loca, loca, gritaba uno de los  niños excitado. ¡Lánzale una piedra Lucas, haber si se marcha de una vez esa chiflada y podemos bajar un rato a jugar a la pelota sin que nos moleste, antes de que se haga de noche!
¡No!, dijo otro de los muchachos de pelo rojizo y cara llena de pecas, ya volveremos mañana, regresemos a casa, sino llegamos a tiempo nos castigarán…

El grupo se alejó entre risas profiriendo insultos hacia aquella estatua que decoraba el paisaje y que permanecía ajena ante cualquier cosa. La pareja se miró como reprochándose mutuamente no haber dicho ni echo nada.

Lucía y Edgar habían llegado a aquel pueblo relativamente hacía poco tiempo, apenas unos meses, ellos habían soñado siempre con una casita frente al mar en un lugar como aquél, desde que se conocieron en la facultad, siendo aún un par de adolescentes y decidieron hacerse novios. Aquel sueño con el tiempo se había hecho realidad.

Era una pareja joven, moderna, habían decidido por el momento no tener descendencia, cada uno de ellos vivía su trabajo a una velocidad de vértigo, y eso no les daba tregua para ocuparse de un bebé, ejercían puestos importantes en sendas empresas y se veían muy poco, por eso apenas se habían percatado que entre ellos todo se había estancado, ya nada era lo mismo, sentían como su relación se perdía y aun así ninguno de los dos había dicho nada, temían que si lo hacían todo acabaría. Casi eran dos extraños, ya no hablaban de casi nada, cada noche el mismo protocolo…

¿Te has quedado con hambre cariño? si quieres te preparo alguna cosa más… preguntaba ella en un acto casi mecánico. ¡No, déjalo amor, no hace falta, la verdad es que no tengo demasiado hambre, quizá luego tome un vaso de leche antes de ir a la cama! Respondía él apenas sin levantar los ojos del periódico que ojeaba mientras daba el último bocado a su emparedado.

Siempre la misma escena, como salida de una de esas películas en las que el espectador se fija más en el continente que en el contenido, donde repara más en el jarrón que adorna la mesa que en las lágrimas que corren por las mejillas de la protagonista.

Aquella tarde estaba especialmente desapacible, se pusieron sus chubasqueros por si los sorprendía la lluvia y, como tantas tardes, se dispusieron a dar el paseo acostumbrado, el malecón estaba desierto, los dos iban buscando en la lejanía la figura de la mujer de la playa, pero… no acertaban a verla, sus ojos inquisidores intentaban encontrarla pero no lo conseguían, se miraron con una terrible sensación de angustia, instintivamente su paso se aceleró, sus pies caminaban cada vez más deprisa, de pronto se quedaron inmóviles, petrificados, no estaba donde solía, sin embargo algo yacía donde tantas veces lo hiciera ella, bajaron las escaleras que los conduciría hacía la arena y Edgar sintió como Lucía se soltaba de su mano dejando la suya fría, como vacía, corrió hacía el bulto que comenzaba a ser engullido por las olas que suavemente acariciaban la orilla, él la siguió sin decir palabra, los dos sabían que el desenlace se había producido, aquello que supieron y callaron desde el primer día que la vieron ya era un hecho.

Inerte flotaba su vestido blanco que ahora parecía más oscuro mezclado con las algas, Lucía sintió un leve crujir y supo que había pisado algo frágil, levantó el pie sin haberlo apoyado del todo, se agachó y vio enterrado casi por completo un camafeo, lo extrajo suavemente y lo secó con su chaqueta de punto azul, pero, antes de que pudiera hacerlo, Edgar la llamó insistentemente… Lucía, Lucía, mira, señalando el horizonte.

Los dos fueron testigos, el mar se había abierto para recibir entre sus brazos una figura de mujer que ellos conocían bien, una cama de espuma se había formado a su alrededor para que descansara su eterno sueño, de pronto un tímido rayo de sol sesgó el cielo cubierto de nubarrones que amenazaban lluvia y fue a depositarse sobre ella, parecía una Diosa, su cuerpo desnudo era cubierto sólo por su largo cabello, sobre las aguas flotaba como una flor en época de deshiele, sólo la vieron un instante antes de que se desvaneciera.

Las lágrimas rodaban por las mejillas de Lucía, que temblaba con el camafeo entre sus manos, abrió la tapita y su cara palideció, allí, incrustada, una imagen, una imagen de hombre, ¿pero sin rostro? !Qué extraño Edgar, la foto no tiene cara! Lucía lo metió en el bolsillo y al mirar hacia abajo vio que en el lugar que se encontraban había algo impreso en la arena, apartó de un empujón a Edgar y los dos al unísono leyeron el mensaje… SÓLO ASÍ PODRÉ OLVIDARTE…

Fuera se oía la lluvia cayendo sobre el tejado, Lucía se despertó sobresaltada, palpó debajo de las sábanas para notar el cuerpo de Edgar que respiraba profundamente, se abrazó a su espalda y lo besó repetidas veces… Edgar, te quiero, gritó en silencio, él pareció escucharla y dándose la vuelta la atrajo hacia su cuerpo, comenzó a besarla, se envolvieron de pasión y se dejaron llevar por el calor que emanaba de sus cuerpos para fundirse y ser sólo uno… un leve resplandor cruzó la estancia, era el camafeo que reposaba sobre la mesilla de noche, no se dieron cuenta, el preludio había dado paso al epílogo, y ahora los dos exhaustos permanecían abrazados cubiertos por un sutil sudor.

Sin saber cómo, la experiencia de la mujer de la playa los había unido, se habían dado cuenta a tiempo de que se necesitaban, de que se amaban y de que nada era tan importante como para dejar que la soledad se hiciera dueña de sus vidas.

(Lorea)